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Intervenciones en el interior de las iglesias

La iglesia católica, en general, y la española en particular, ha sido la principal y mayor patrocinadora de patrimonio cultural durante muchos siglos. Ha conservado, al modo de cada época, su inmenso patrimonio histórico artístico, para el culto divino y sus obras asistenciales, con sus propios medios, hasta hace poco, y con ayuda de las administraciones públicas, ahora. Es uno de los patrimonios histórico artísticos más extenso y apreciado del mundo a pesar de guerras, revoluciones y desamortizaciones. Dentro de los grandes estilos europeos, tiene una destacada singularidad en los interiores de las ermitas, iglesias y catedrales.
Sin embargo, después del Concilio Vaticano II, se hicieron intervenciones profundas en el interior de casi todas las ermitas e iglesias para el desarrollo de la nueva liturgia. Lo dicho se alió con el cansancio por la exhuberancia del interior de las iglesias antiguas y con la búsqueda de simplicidad, asimilada a la idea de modernidad, que impregnaba el estilo, digno pero sin altura, de las casas de formación religiosa. Se dañaron y vulgarizaron la mayoría de estos interiores por la venta, eliminación, manipulación, muchas veces amputación, de retablos, tabernáculos, expositores, sagrarios, altares, gradas, púlpitos, presbiterios y otros elementos de muchísimas ermitas, muchas iglesias y algunas catedrales. Los hechos se hicieron costumbre, a modo de norma tácita, imparable hasta la fecha. Todo coincidió con el comienzo del desarrollismo y con la tendencia arquitectónica de la época, apasionada pero heredera del esquemático racionalismo, la llamada segunda generación de arquitectos del Movimiento Moderno, que pujaba por suplantar en su terreno al arte sacro barroco o barroquizado de la mayoría de los interiores de los templos. Con esta tendencia se hicieron las llamadas “restauraciones de autor” en las que éste eliminaba todo o parte de lo existente para añadir su diseño.
Las diócesis restauran, con ayuda, frecuentemente, de las diversas administraciones públicas y algunas entidades privadas, la fábrica de los templos singulares, algunos retablos notables y las piezas de gran valor. Sin embargo, la vista general del interior de muchas ermitas e iglesias y alguna catedral, herencia de muchos siglos, singular, armoniosa, espléndida, solemne, variada en estilos y materiales y asordinadamente colorista, arte plástico global, no ha sido respetada, ni sigue siéndolo. La formación seria y minuciosa de los eclesiásticos, historiadores y restauradores, les conduce, preferentemente, a la valoración de las piezas singulares, las obras excepcionales y al estudio de su historia más que al interés por la vista general de los interiores como un valor en sí mismo, tema muy querido por espléndidos grabadores y dibujantes del siglo XIX. Wagner acuñó la palabra “gesamtkunst”, arte total, síntesis de todas las artes, para sus dramas musicales, conjunción de partitura, música y decorado. Pues bien, en el interior de muchas iglesias, y en todas las catedrales españolas, se llegó al arte total durante el culto divino, acompañado por la música acordada del órgano y los cánticos del coro y no con decorados sino con piedra labrada, retablos dorados, tallas, cuadros, lámparas, rejas, mobiliario y elementos litúrgicos, velados por el humo del incienso que perfuma el espacio sacro en momentos de la celebración.
Nadie aceptaría tener su despacho oficial, civil o episcopal, o su salón de casa con muebles a falta de algunos herrajes o adornos, ni manipulados ni, menos, amputados. Sin embargo, hay eclesiásticos y laicos que ven esto natural, o no manifiestan su rechazo, si ven esto en el interior de muchas iglesias de más valor, casi siempre, por no decir siempre, que cualquier salón, incluso de palacio. ¿Aceptaría el mundo musical que se manipularan o mutilaran las partituras originales de los archivos eclesiales? ¿Lo admitiría el cabildo catedralicio? ¿Y el mundo de las letras que se cortaran o modificaran párrafos de obras literarias? Nadie aceptaría que se manipularan, ni menos mutilaran, los adornos de las fachadas. ¿Por qué algunos se extrañan, incluso se irritan, si se denuncian las manipulaciones y mutilaciones en el interior de las iglesias?
En muchos pueblos, hay un disgusto, mas o menos culto pero intuitivo, por haber perdido parte del esplendor del interior de sus ermitas y sus iglesias, lo más bello y notable de sus pueblos, a veces, lo único. Sin exagerar nada, cada pueblo tiene, o tenía, una iglesia tan rica y bella como un palacio. Frecuentemente, más de una. El malestar es mayor porque sus iglesias y sus ermitas son consideradas como propias y, además, están unidas a sus recuerdos más entrañables. Igualmente existe una crítica en privado, salvo notables excepciones, entre los académicos, catedráticos, profesores, especialistas de arte e historia y algunos eclesiásticos conocedores y amantes del arte.
Lo ocurrido ha sido tan grave que ha merecido una reprobación en la Circular, del 15-X- 1992, de la Pontificia Comisión para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia, ahora llamada para los Bienes Culturales de la Iglesia, “por restauraciones devastadoras, arguyendo motivos de adaptación litúrgica”. Reforzando lo dicho, esta Circular recuerda la Carta Circular de la Congregación para el clero a los presidentes de las Conferencias Episcopales acerca del patrimonio histórico artístico de la Iglesia, del 11-IV-1971, que ya denunciaba que “ha habido muchos que, olvidando las normas y disposiciones emanadas de la Santa Sede, han tomado como pretexto la renovación litúrgica para verificar cambios absurdos en los lugares sagrados, arruinando y perdiendo obras de inestimable valor”. Además, recuerda que “las obras de arte…se consideran, con razón, patrimonio de toda la humanidad”.
Las “restauraciones devastadoras, arguyendo motivos de adaptación litúrgica” se hicieron costumbre enquistada, a modo de virus, en el ámbito eclesiástico secular y regular, a pesar de lo expuesto en los dos párrafos anteriores, lo cual no se entiende. Es bien sabido que un virus biológico, informático, o de otra especie, dentro de un estructura bien conformada y organizada se mantiene y daña esta perfección con esta misma perfección.
Las normas conciliares y posconciliares sobre liturgia piden, repetidas veces, conservar, no quitar, lo existente y añadir lo necesario: altar, ambón y sede o sitial, para la nueva liturgia. Lo mismo piden las arriba citadas Carta circular y Circular. Así han hecho los obispos de Roma, los Papas, a través de sus obispos auxiliares, en todas las iglesias histórico artísticas de Roma, en la propia catedral de S. Juan de Letrán, y en la basílica de S. Pedro del Vaticano, interpretando las nuevas normas litúrgicas de modo conservacionista, como establecen los textos conciliares y como exige la “Superintendencia” romana. Han respetado todo y no han cortado, desvirtuado ni devastado nada. Para la nueva liturgia han añadido un altar, un ambón y un sitial, discretos en forma y color, y, a veces, han ampliado el espacio con tarimas alfombradas reversibles para conservar todo el esplendor heredado en los presbiterios. La interpretación conservacionista suele ser llamada historicista, con significado peyorativo de inmovilista, en el mundo eclesiástico español por su contacto con los arquitectos. Produce perplejidad, aun sabiendo de la autonomía de cada diócesis, que con las mismas normas litúrgicas se haya respetado todo en el interior de las iglesias histórico artísticas de Roma y no, así, en las de España.
Las autoridades civiles no se han opuesto a las citadas “restauraciones devastadoras” por razones que no es aventurado describirlas. La frecuente rotación y la relativa juventud de estas autoridades que no han conocido cómo eran los interiores de las iglesias sino cómo son después de haber sufrido las primeras atrevidas transformaciones posconciliares. La escasez de medios y personal frente a la inmensidad del patrimonio cultural eclesiástico, que no les permite conocer con antelación, sino como hecho consumado e irreversible, generalmente, cada una de las intervenciones de párrocos y superiores religiosas y religiosos, impregnados de un acusado sentido patrimonial. La imposibilidad legal de actuar antes de que se produzcan las intervenciones, aunque se prevean. La impunidad de los hechos consumados que las comisiones se limitan a lamentar. Cierto fatalismo de que no se puede luchar contra lo que ha pasado y sigue pasando. El peso moral de la Iglesia frente a las autoridades. La creencia de que lo hecho, y lo que se sigue haciendo, en los interiores de las iglesias, es la tendencia que hay que seguir en vez de investigar si es una actuación desproporcionada, hecha costumbre aquí, y no estrictamente obligatoria, como se desprende de los citados documentos pontificios. El desarrollo de la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español que acota lo protegido aunque el espíritu y la letra de esta Ley sea conservacionista, sin excepciones. La formación de los arquitectos más preparada para las complicadas y acuciantes exigencias técnicas y constructivas de las fábricas de las iglesias que para conservar la riqueza del interior de las iglesias, especialidad de pocos y menos valorada, quizá, por ser considerada decoración. La tendencia de los miembros de las comisiones, según palabras de algunos, de considerar elástica y negociable la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español y las autonómicas y, por tanto, elaborar las resoluciones por consenso más que por aplicación de las leyes.
Frente a tanta “restauración devastadora” e interpretación elástica y acomodaticia de unos y otros, se ven casas de viviendas, de cierta antigüedad pero no relevantes, obligadas a mantener el hueco de escalera o un trozo de fachada, sin duda interesante y defendible, pero difícilmente comparables con la riqueza y el valor de tanto interior de ermitas, iglesias y catedrales, especialmente en su presbiterio. No hace muchos años se hizo reconstruir, en Madrid, una gasolinera del incipiente Movimiento Moderno, derribada con alevosía y nocturnidad, procedimiento no extraño en estos asuntos.
La norma, no detallada, de que “el rector de la iglesia provea a la conservación y decoro de los objetos y edificio sagrado”- art. 562 del Código de Derecho Canónico, 25-1-1983- es una causa, no pequeña, de lo ocurridos. En una iglesia nueva, la norma no tiene dudas: que luzca su alborear. En una antigua, cargada de siglos y de arte y embellecida por la vejez y la pátina, la norma es clara para los conocedores del arte, respetuosos con la letra y el espíritu de las leyes conservacionistas. Esto es, resueltos los ineludibles problemas constructivos, el decoro de una iglesia es su venerable vetustez, impregnada de músicas, cánticos y oraciones y, en general, su complejidad, en espera de tener abundantes medios para restaurar elemento por elemento y obra por obra, manteniendo su pátina. Para los no conocedores y sin respeto a las leyes conservacionistas, el decoro es lo simple y despejado, conseguido en las iglesias antiguas por eliminación y manipulación de su suntuoso patrimonio histórico artístico heredado. Los párrocos y superiores religiosos de ambas ramas, convertidos en directores artísticos, trasladan, frecuentemente, al rico interior de las iglesias antiguas el estilo simple y peculiar de las capillas de seminarios y casas de espiritualidad, interiorizado en su formación como estilo sacro idóneo. Todo ello agravado por la frecuente rotación de los párrocos y superiores religiosos que inician una y otra vez, cada uno, nuevas reformas sobre las anteriores. Los arquitectos quieren diseñar en las iglesias antiguas un nuevo interior, eliminando parte de lo existente, esto es, la llamada restauración de autor, que, además, juega en su favor por el aumento del coste de la obra. No en vano la formación de los arquitectos está impregnada de las esencias del Movimiento Moderno, fecundas en tanto, pero no para la conservación de los interiores de las iglesias antiguas pues su manifiesto afirmó su intención de ser funcional y no ser estilo ni perdurable, y un destacado seguidor, Adolf Loos, del Movimiento agregó el rechazo al adorno y otro, Mies van der Rohe, proclamó el “menos es más”. ¿Hay algo más opuesto a la suntuosidad del interior de las iglesias antiguas que lo dicho anteriormente?
Es usual utilizar la restauración de las iglesias históricas para la simplificación y modificación de su interior, considerada modernización. Sin embargo, ahora, lo moderno es mantener la integridad del patrimonio histórico artístico heredado de acuerdo con las leyes conservacionista, emanadas del sentir de la sociedad adelantada y culta. Lo antiguo, al no existir una conciencia histórica tan acusada como la de ahora, ni leyes proteccionistas, era derribar lo existente y construir de nuevo, para atender las nuevas necesidades. Paradojas lingüísticas de lo antiguo y lo moderno, como ocurrió en tiempos del barroco tardío y el incipiente neoclasicismo.
El dinero que, desde hace años acude, crecientemente, a la restauración de iglesias y catedrales es bálsamo que alivia los deterioros estructurales y técnicos de la fábrica de ermitas, iglesias y catedrales pero es, con mucha frecuencia, aplicado, abusivamente, en el interior.
El rechazo al barroco desde el neoclasicismo hasta el momento presente, unido con el sentimiento de ser inagotable- que a algunos invita a trocear retablos y otros objetos litúrgicos como cantera de ambones, altares, peanas y otras fantasías artísticas- y el rastreo ansioso de lo primitivo y medieval, han sido otras de las causas de los daños en el interior de las iglesias barrocas, barroquizadas o, generosa y bellamente, variadas. Su belleza compleja no coincide con lo escueto, tenido como ideal de perfección, por muchos, desde hace unas décadas y en el momento actual. Los presbiterios han sido, y siguen siendo, los mártires predilectos de este rechazo, aumentado por la búsqueda del espacio amplio, y único, al mismo nivel y aspecto minimalista, no leído en ninguna norma, que rompe el movimiento de gradas, niveles y formas y daña la vista general heredada, con frecuencia, lo mas bello de la iglesia.
Sirva lo expuesto y razonado para evitar nuevas agresiones al patrimonio histórico artístico del interior de las ermitas, iglesias y catedrales y para tratar de restañar los daños irreversibles producidos o de difícil y exigente solución en medios y especialización. Si no concurren los dos, será causa de nuevos perjuicios al patrimonio, como ya se.
Todo lo escrito, según lo ocurrido, visto, leído y oído.
Francisco Javier Lorente Páramo
Crítico de Arte