Ciudadanos por el Patrimonio de Ávila

La otra realidad

Francisco Javier Lorente Páramo

Crítico de arte

En la prensa abulense del pasado mes de octubre del 2003 se decía que los responsables de la Fundación de las Edades del Hombre habían recorrido, ya, unas doscientas iglesias de Ávila para seleccionar las obras y piezas notables, que se expondrían en las Edades del Hombre, en el interior de la catedral de Ávila. Por la redacción de la noticia se deducía que seguirían recorriendo más iglesias, quizá todas, hasta conseguir su objetivo, al igual que hicieron para las anteriores ediciones.

Muchos han contemplado las grandes colecciones de obras y piezas de valor de contenido religioso, presentadas con secuencia catequística, en las anteriores Edades del Hombre. Se puede recordar la espectacular colección de objetos sagrados y custodias expuestas en la Capilla del Sagrario de la Catedral de Segovia, por citar lo más cercano en el tiempo. Castilla y León contiene la mayor parte del patrimonio cultural de España, en su mayor parte religioso. Tiene posibilidades para presentar muchas exposiciones de arte sacro. Es la realidad artística, abundante en piezas y obras de valor de arte sacro, del patrimonio cultural de la Iglesia de Castilla y León, junto con las estructuras de las ermitas, iglesias y catedrales históricas de gran interés arquitectónico, en muchos casos, y la belleza y singularidad de la vista general, considerada como valor en sí mismo, de los interiores de muchísimas de estas ermitas, iglesias y catedrales históricas. La vista general, envuelve el ámbito religioso de las iglesias durante las ceremonias litúrgicas, inunda los sentidos a los que contemplan los interiores de las iglesias y es la impresión duradera que se llevan de ellas. En las catedrales y en muchísimas iglesias se produce el arte total, soñado por los creadores, cuando suena, durante la liturgia, la música acordada del órgano y el coro. Además, las catedrales y muchas iglesias y ermitas son una cantera inagotable para la investigación, con rigor científico, de sus orígenes y avatares, de su arquitectura, de sus capillas, de sus bienes muebles y sus objetos litúrgicos.

Sin embargo, la Carta de la Sagrada Congregación para el Clero, del 11-04-1971, a los Presidentes de las Conferencias Episcopales sobre la conservación del patrimonio histórico artístico de la Iglesia, creyó necesario recordar que: “ Las obras de arte, fruto maravilloso del espíritu humano, unen a los hombres, siempre, con su divino Creador y se consideran, con razón, patrimonio de toda la humanidad…Los fieles se quejan de que ahora…se malvenden indebidamente dichas obras y tienen lugar numerosas… destrucciones del patrimonio histórico artístico de la Iglesia…Incluso ha habido muchos que, olvidando las normas y disposiciones emanadas de la Santa Sede, han tomado como pretexto la renovación litúrgica para verificar cambios absurdos en los lugares sagrados, arruinando y perdiendo obras de inestimable valor.” Por esto, establece que: “Las obras antiguas de arte sacro consérvense siempre y en todas partes…Téngase en cuenta las posibles leyes dictadas por las autoridades civiles en diversas naciones para preservar los monumentos.”
Otro documento posterior, la Circular, del 15-10-1992, de la Pontificia Comisión para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia, ahora denominada Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia, creyó, de nuevo, necesario recordar con palabras mas acuciantes que: “las consecuencias negativas de la falta de una sensibilidad estética y pastoral en la gestión de los bienes culturales de la Iglesia son evidentes, en muchos casos,… por “ventas indebidas,… restauraciones devastadoras, arguyendo motivos de adaptación litúrgica...con poco respeto a su valor patrimonial… estamos delante de un problema real cuya importancia nadie puede rehuir”.

Ahora bien, los organizadores de las Edades del Hombre, los responsables, religiosos y civiles, del patrimonio cultural religioso y los investigadores del arte han visto, según su caso, todas, muchas o bastantes iglesias de su diócesis, de varias diócesis o de toda Castilla y León. Por su cargo o por su especialidad artística o histórica, han tenido que observar en el interior de casi todas las ermitas, en muchísimas iglesias y alguna catedral, todo lo dicho con crudeza y nitidez en las citadas Carta y Circular Pontificia. Esto es, han tenido que ver que la belleza y singularidad de la vista general, considerada como un valor en sí mismo, de cualquiera de estos interiores, ha sido dañada por la eliminación, manipulación o corte de elementos de los retablos, sagrarios, tabernáculos, expositores, altares, gradas, púlpitos y otros elementos del presbiterio y de las naves, salvo muy pocas excepciones. En muchos casos, el daño estético es mayor pues están a la vista los muñones de las eliminaciones, los cortes y los intentos de disimular las mutilaciones y manipulaciones. Es imposible no verlo, al igual que sería imposible no verlo al entrar en un salón que tuviera los muebles cortados y manipulados, aunque no se entrara a ese salón con el fin de observar el estado de los muebles sino a otro asunto. Igualmente, es imposible no advertir, en cualquier persona, la falta de dos o tres botones de su traje talar o su chaqueta. Tampoco saldría de tal guisa de su casa cualquier persona cuidadosa. Igualmente se puede decir que el director de una orquesta no se atrevería a sacar un violín que tuviera cortada la pequeña voluta barroca de adorno del extremo del mástil para la fijación y afinado de las cuerdas. Ningún sacerdote amueblaría el despacho de su obispo con muebles solemnes mutilados o manipulados ni, simplemente, a falta de un boliche o un copete. Ni nadie tendría interés por un libro notable pero con páginas cortadas o modificadas.

Sin embargo, lo que es evidente en la vida cotidiana parece no serlo para las autoridades civiles de patrimonio cultural, los historiadores de arte sacro y los responsables de las iglesias, dedicadas al culto divino, embellecidas con lo mas artístico, principalmente el retablo mayor, el mueble por excelencia y muchos elementos más.

La lógica artística, y el mas elemental gusto artístico, se reestablece en los responsables de las Edades del Hombre y, en general, de las exposiciones de arte sacro en donde no se exhibe ningún objeto litúrgico ni ninguna pieza manipulada o mutilada en la época actual. ¿Quién aceptaría que así no fuera? ¿Por qué, en cambio, se acepta en los interiores de las iglesias?

Se puede hacer el siguiente parangón. Si un médico de medicina general hiciera una investigación de campo, en una comunidad autónoma, sobre la buena salud de algunas personas, sus causas y distribución y, para ello, analizara personalmente a gran parte de la población de esta comunidad y durante su trabajo, observara que muchas personas presentaban una dolencia, repetida en la población, ¿no tendría obligación moral y, supongo, que legal, de comunicárselo a las autoridades sanitarias y civiles, aunque no fuera el médico del lugar y no fuera el fin de su trabajo? Si comprobara, convencido de la verdad de sus observaciones, que las autoridades no tomaban medidas ¿no debería de acudir a los medios de comunicación, único medio posible? ¿no es la advertencia repetida de esta dolencia semejante a los daños histórico artísticos vistos en el interior de muchísimas ermitas, muchas iglesias y alguna catedral? ¿no tendría obligación moral de denunciarlo el que viera estos daños? ¿no apoyaría su denuncia lo dicho en los citados documentos pontificios? ¿no reforzaría su denuncia el saber que con las mismas normas litúrgicas no han sido desvirtuadas los interiores de las iglesias históricas de Roma? ¿y no debería acudir a los medios de comunicación si, convencido de la verdad de sus observaciones, comprobara que los responsables no tomaban medidas? La obligación legal de denunciarlo está recogida en el art. 8 de la Ley 16/1985, del 25-VI-1985, de Patrimonio Histórico Español y en el art.5 de la Ley 12/2002, del 11-VII-2002, de Patrimonio Cultural de Castilla y León. La obligación moral la supongo para los conocedores del arte.

El mundo académico, el docente y los investigadores de la historia del arte son conocedores, en mayor o menor medida, de lo ocurrido en el interior de una gran mayoría de las iglesias de Castilla y León y otras regiones. La critican, con amargura, en privado y la citan en algunos simposios, jornadas y congresos pero no llegan, salvo notables excepciones, a la advertencia escrita, profesional, razonada y documentada. No se hace, tampoco, en la revista Patrimonio Cultural, elaborada por el Secretariado de la Comisión para los Bienes Culturales de la Conferencia Episcopal Española, ninguna reflexión autocrítica sobre las intervenciones en el interior de las iglesias, conocidas por todos los delegados diocesanos asistentes a las Jornadas Nacionales del Patrimonio Cultural de la Iglesia, celebradas todos los años.

La realidad artística, abundante en obras y piezas de valor, bastantes de muchísimo valor, creadas para el culto divino, cuidadosamente conservadas por la Iglesia durante siglos y presentadas en las Edades del Hombre y en las muy numerosas exposiciones de arte sacro, no hace olvidar ni disculpa la otra realidad penosa, descrita en párrafos anteriores. No es exagerado el adjetivo dado a esta otra realidad porque el patrimonio histórico artístico, una vez dañado, es de imposible o muy costosa solución.

Ciudadanos por el Patrimonio de Ávila