Ciudadanos por el Patrimonio de Ávila


¿Qué estamos haciendo con la catedral?

Mª Teresa López



La Catedral de Ávila me ha visto crecer. Durante mi infancia era el sonido del cimbalillo y la imagen de su torre cuadrada lo primero que oía y veía al despertar. Pasaba por delante de sus puertas y con frecuencia atravesaba sus naves que me servían de atajo para ir al colegio. Allí comencé a familiarizarme con bóvedas, vidrieras, esculturas y cuadros de santos, con mis padres aprendí a descubrir los pequeños detalles del trascoro o de la girola. Disfrutaba imaginando historias de pasadizos secretos y lagunas subterráneas y recuerdo cómo, determinadas mañanas del año, el sol, caprichoso, se deslizaba a través de una vidriera rota y venía a posarse, en círculo perfecto, sobre la pila bautismal que por unos instantes se convertía en enorme cáliz.
Fue también la catedral motivo de mi primer trabajo de clase en la Facultad, y siempre la sentí como algo muy cercano que enseñaba orgullosa a cuantos visitaban mi casa.

Han pasado algunos años y veo con tristeza que éstos últimos no han sido demasiado buenos para ella. Al deterioro natural por el paso del tiempo se han ido añadiendo daños, de los que muchos, unos por acción y otros por omisión, (esa abulia que nos caracteriza a los abulenses), somos de algún modo responsables.

Después de la colocación de las lámparas que tanto revuelo causaron en su día y que, aunque inadecuadas, no son lo más preocupante, vinieron las obras del presbiterio, justificadas por un cambio en la liturgia, que ocasionaron, no sólo un daño irreparable en la estructura del templo, sino también en el buen entendimiento que siempre debe existir entre la jerarquía eclesiástica y los fieles.

Se continuó modificando el emplazamiento de las rejas que, a modo de vía sacra, guiaban desde el coro hacia el altar, rejas que sin embargo han sabido conservar catedrales como las de Salamanca o La Laguna, y que en Ávila, han pasado a ser de guía a obstáculo, compartimentado el espacio de forma arbitraria junto a las que cierran el paso desde el trascoro e impiden el deambular natural por la girola.

Ahora son las vidrieras de esa girola las que se quiere cambiar. Vidrieras, que a juzgar por las dos que ya están colocadas, no son, a mi entender, las más apropiadas, ni por su calidad, ni por su estética, y de las que posiblemente se avergonzaría El Tostado si pudiera verlas desde el sillón de su sepulcro.
Los espléndidos vitrales de Nicolás de Holanda, Valdivieso o Arnao de Flandes, no merecen semejante compañía. No se trata de rechazar lo contemporáneo por nuevo, sino aquello que entorpece, desfigura y distorsiona la comprensión y la armonía del edificio.

En la misma catedral, sin embargo, tenemos una excelente muestra de lo contrario en la restauración de las vidrieras de la capilla mayor y del transepto, en las que se ha sabido integrar con modernidad y sin estridencias elementos contemporáneos.

También en estos días, se está hablando de la apertura de una nueva puerta que daría acceso a la capilla de Velada para la celebración del culto durante los meses en los que la exposición de Las Edades del Hombre permanezca en el templo. ¿No hay ya suficientes puertas?. La utilización de una capilla de modo eventual, ¿realmente justifica uno obra semejante con todo lo que lleva consigo? ¿No sería más natural y sobre todo menos agresivo, la habilitación en ese tiempo de la hoy infrautilizada iglesia de san Ignacio, antes de santo Tomé, junto al Palacio Episcopal y a escasos metros de la catedral?

Quiero llamar la atención desde aquí a todos aquellos que quieren a nuestra iglesia mayor y a los que de algún modo tienen responsabilidad directa o indirecta en las intervenciones que en ella se realizan.

El Patrimonio Histórico es cosa de todos. Al recibirlo en usufructo de nuestros antepasados hemos contraído una obligación moral de conservarlo, respetarlo y colaborar en su mantenimiento para legarlo en las mejores condiciones posibles a generaciones futuras. Algunos, además, tienen el deber de facilitar su conocimiento pues difícilmente puede quererse y respetarse algo que no se conoce.

La catedral está enferma y necesita una cura de urgencia. Pero aún estamos a tiempo. Las jornadas de puertas abiertas y el ciclo de conferencias con el que el Cabildo ha querido sumarse a otros actos celebrados con motivo del V centenario de Berruguete han hecho posible el reencuentro de los abulenses con su catedral. Los que hemos tenido ocasión de asistir a ellas hemos podido conocer, a través del arquitecto Duralde y del vitralista Muñoz de Pablos, detalles de la catedral y de las últimas obras que están llevando a cabo en la misma, que consisten fundamentalmente en la reparación de las cubiertas y paramentos del presbiterio y crucero y la restauración de las vidrieras, a las que antes he hecho mención. La acertada intervención de este equipo en la rehabilitación del antiguo convento de san Francisco, que se ha recuperado como auditorio municipal, nos hace pensar en un buen futuro para ella.

Veo con satisfacción que corren aires nuevos para el templo y que ya se ha dado un primer paso. Confío que a éste le seguirán otros muchos. Ojalá pronto un día sea noticia la retirada de las dos vidrieras de la girola que tanto perjudican a la contemplación de su arquitectura o la reconsideración de los itinerarios de las visitas, de modo que se valoren dos realidades distintas y complementarias: el templo y el museo. Ese día habremos ganado todos.

María Teresa López Fernández

Diario de Ávila, 6 de diciembre de 2003

Ciudadanos por el Patrimonio de Ávila