Ciudadanos por el Patrimonio de Ávila

Patrimonio histórico y arquitectura destructiva

Mª Teresa López


Aunque mi trabajo me obliga a pasar parte de la semana fuera de Ávila, no por ello he dejado de seguir con interés las cosas que suceden en ella, en especial todo lo que se refiere al Patrimonio. Aprovecho cualquier momento para pasear y disfruto con lo que se ha hecho bien, pero siento decir desde aquí que con demasiada frecuencia regreso triste, indignada o avergonzada.

Me llama la atención el poco cuidado con el que se colocan señales, mobiliario urbano y rótulos oficiales o comerciales. Y basta dar una vuelta por el casco histórico para darse cuenta de que casi siempre se trata de falta de interés y que con un mínimo de sensibilidad y sentido común mejorarían considerablemente nuestras calles. Pero aunque esto me entristece no deja de ser algo accesorio y remediable.

Otra cosa son las recientes construcciones que, salvo raras excepciones, acompañan y escoltan, a veces hasta ahogarlos, a casas, palacios, iglesias y entornos. Valga como ejemplo el Palacio de los Verdugo, literalmente emparedado entre dos edificios de construcción mediocre, que junto a la tala de árboles en el jardín de Sofraga, han conseguido convertir en anodina una de las calles abulenses con más encanto.

Pero aún hay cosas más graves. Me refiero ahora a las reformas que ya se han hecho y a otras que se están llevando a cabo, tanto en inmuebles declarados bienes de interés cultural como en otros, que aún no siéndolo, forman parte de conjuntos que requieren especial protección.

Nunca he entendido bien ese afán, tan común en otras épocas, por la portada, el escudo o la ventanita fuera del lugar para el que fueron creados. Parecía que esa visión parcial de la arquitectura ya había pasado y que corrían nuevos tiempos. Pero el fantasma del “síndrome del escudo” vuelve. Es alarmante, además de ilegal el tratamiento que se está dando en nuestra ciudad a la recuperación de algunos edificios, con total apoyo y beneplácito de los responsables de su conservación. Concretamente estoy hablando de la manzana formada por la casa que fue de la Duquesa de Valencia, hoy futura sede secundaria del Museo del Prado, el antiguo convento de Padres Paúles y la casa que media entra ambos.

A la vista de todos están ahora las ruinas de lo que hasta hace unos días eran magníficos ejemplos representativos de la arquitectura nobiliaria abulense de los siglos XVI y XVII, deteriorados pero perfectamente recuperables, y que se habían mantenido en pie hasta que la piqueta restauradora destructora ha acabado con ellos, dejando, eso sí, los restos y la apariencia de lo que fueron. Así las fachadas y las columnas de los patios han quedado huérfanas de forjados, cubiertas, vigas y muros, como si la arquitectura sólo fuera lo estético, lo espectacular o lo externo despreciando lo que sostiene y fundamenta. Quizás no estemos más que ante un triste reflejo de la sociedad en que vivimos, más interesada por la apariencia que por lo esencial.



No podemos sostener una ciudad de bambalinas y decorados de lujo, aún cuando ésta ofrezca una estética aceptable, pero totalmente alejada de la realidad y de la razón de ser de la conservación restauración del Patrimonio. Carece de sentido mantener fachadas o elementos externos más o menos decorativos eliminando sistemáticamente el resto del edificio, cuya conservación, la mayor parte de las ocasiones, no sólo es posible sino necesaria para su pervivencia e imprescindible para su comprensión por generaciones venideras.

Debemos ser conscientes que ese legado que tenemos obligación de transmitir no puede dejarse a cualquiera. Ni todo vale ni todos valen en la rehabilitación. Los encargados de la conservación del Patrimonio han de tener una formación específica y adecuada, además de una actitud responsable en la importante misión que la sociedad les ha encomendado. Del mismo modo que nadie se pondría en manos de un eminente traumatólogo para una operación de miopía, no basta con ser un excelente arquitecto, pintor o escultor, para poder enfrentarse a una tarea tan difícil como es la restauración del Patrimonio.

No nos engañemos, tan dañino puede ser la sustitución de un edificio histórico por otro de nueva creación (Casa de Gaspar de Bullón, sustituida por el edificio de los nuevos juzgados), como la destrucción encubierta de casonas y palacios, disfrazada de moderna y novedosa adaptación a los nuevos tiempos.

Y por último no podemos consentir la aplicación de dos varas de medir. Hace unos días conocíamos por la prensa local la paralización de las obras de un hotel, parece ser que a causa de la tala indebida de unos árboles en un jardín interior. No seré yo desde aquí quien apruebe ese comportamiento, pero, ¿con qué argumentos puede exigirse a un particular el respeto por un “jardín histórico”, cuando a dos pasos del lugar donde reside el organismo a quien compete su conservación, se han derribado dos palacios, propiedad de la misma administración que debería haberlos protegido?

La Ley de Patrimonio, con todos sus defectos, es la que hay, y todos, y en especial las administraciones públicas, estamos obligados a cumplirla

Está pendiente aún la restauración del antiguo convento de las Gordillas y el plan de rehabilitación de fachadas puesto en marcha por el ayuntamiento. Mucho me temo, que a no ser que nos invada milagrosamente una epidemia de sentido común, muy pronto tendremos que volver a hablar de lo mismo


María Teresa López Fernández

Ávila, 29 de marzo de 2004

Ciudadanos por el Patrimonio de Ávila