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Flota en el aire la idea de que el verde del norte húmedo de España es más bello y elegante que lo seco y terroso del centro y del sur. Los parques, jardines y chalets de la España seca se acompañan ahora de praderas de amoroso peinado. En la España seca se asiste a la “praderización” de sus parques más entrañables, como el de San Antonio en Avila, y a la conversión en jardín paisajista inglés lo que era jardín mediterráneo, escueto o geométrico, en su acepción popular o culta.
En palabras históricas: gana el norte civilizado, retrocede el sur atrasado. En palabras actuales: el norte rico coloniza el sur más pobre. Exageraciones literarias pero expresivas para el caso.
Es un racismo vegetal pues, si el norte lluvioso está entonado de grises, verdes esmeralda de praderas continuas y verdes brillantes de hojas de árboles sobrados de agua, el centro y el sur seco está contrastado por ocres terrosos con masas de verde asordinado de monte bajo o árboles en hilera o alameda, omnipresentes en la España rural. Si lo brumoso envuelve románticamente el norte, siempre lluvioso, lo nítido define y valora los volúmenes y las formas del centro y el sur escasos de agua.
El césped junto a la muralla en la calle de San Segundo es una solución “políticamente correcta”, no comprometida, pero inadecuada al clima y el casco histórico de Avila. Es una solución “moderna” entendiendo por tal hacer lo que se hace. En la España seca aparecen formas sorprendentes, asimétricas, o desniveladas, que con pocos elementos emocionan. Plazas irregulares con un árbol solemne de formas escultóricas en el centro, rodeado la base del tronco con un banco de piedra, fuentes hundidas con escalones para llegar al caño de agua, pretiles de piedra que separan desniveles, bancadas corridas, suelo apisonado de tierra y algún árbol autóctono. Hace unos años, en todo pueblo o ciudad había mucho de esto, ahora va quedando poco. En Avila han desaparecido las bancadas corridas en las solanas de San Roque y Santa Ana donde iban los canónigos, la fuente Nueva, su plazoleta y su camino de alameda y tantas cosas entrañables que podían haber convivido con el deseado e imparable desarrollo.
¿Sería contrario a las recomendaciones de la reciente Carta de Cracovia inspirarse en soluciones tradicionales, no digo copiar, cuando se construye algo en los entornos históricos?. ¿No fue el renacimiento, el barroco, el neoclásico e, incluso, el fugaz posmoderno reciente una recreación inspirada en el clasicismo grecorromano? Aún más ¿Sería contrario a las citadas recomendaciones colocar junto a la muralla alguna de las fuentes, pretiles, bancadas u otros elementos, caso hipotético de que estuvieran bien conservados, alegremente eliminados de lugares ya desaparecidos?
Derruidas, desgraciadamente, las casas junto a la muralla, lo más adecuado sería recordar lo conocido y plantar dos o tres árboles de gran porte y hoja caduca, que dan sombra en verano y dejan pasar el sol en invierno, colocados para que conjugaran escultóricamente con la muralla, sin minimizarla, para que contrastara el verde oscuro de sus hojas con los ocres de la muralla, sin olvidar que uno de los árboles debería de ocultar la medianería de una dependencia de la catedral que hoy afea la calle.
¿ Y por qué no un diseño moderno ? Parece ser uno de los dogmas de las recomendaciones de la reciente Carta de Cracovia. Un sí indiscutible a la innovación pero, creo que Avila, no debe de apostar arriesgadamente su imagen turística, esperada y soñada por la mayoría para el casco antiguo. Además, los errores urbanísticos duran mucho tiempo, algunos siglos.
Queda para otra ocasión el césped con rosales, propio de un moderno chalet, junto a la muralla en el parque de San Vicente y el césped que tierna y amorosamente rodea los ábsides de San Pedro y San Vicente. Por cierto, las casas con vistas al ábside de San Vicente, que se están dejando caer, fueron citadas por Hemingway con palabras sugerentes. En palabras sencillas: los monumentos exentos son como tartas y los monumentos rodeados de césped son como tartas al kiwi.