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Intervenciones en el interior de las iglesias
Restauraciones devastadoras
Observo, desde hace años, las restauraciones e intervenciones en el interior de las ermitas, iglesias y catedrales. He leído la Constitución sobre Sagrada Liturgia “Sacrosantum Concilium” del Concilio Vaticano II, varios libros y compendios sobre liturgia, la legislación civil y eclesiástica sobre patrimonio histórico artístico, he dialogado con algunos de los autores de estos libros y compendios, he visitado a autoridades religiosas y civiles, hablado con párrocos, deanes y delegados diocesanos de patrimonio y he visto el interior de muchas ermitas, iglesias y catedrales. Finalmente, he buscado otras razones, mas allá de las siempre presentes razones legales, que encuentro convincentes para pedir que se respete toda la herencia histórica artística de los interiores de estos templos.
Lo ocurrido en los interiores de las ermitas, iglesias y alguna catedral ha sido tan grave que la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia, establecida por la Constitución Pastor Bonus, de 20 de noviembre de 1982, publicó una Circular para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia, de 15 de octubre de 1992, que en los párrafos 5 y 6 dice: “hay justificadas quejas por ventas indebidas, por restauraciones devastadoras, arguyendo motivos de adaptación litúrgica, con poco respeto a su valor patrimonial y por la inutilidad del diálogo con los estudiosos y, que por lo tanto, se está delante de un problema real cuya importancia nadie puede rehuir”. Reforzando lo dicho, la Circular recuerda la Carta circular de la Congregación para el clero a los presidentes de las Conferencias Episcopales acerca del patrimonio histórico artístico de la Iglesia, de 11 de abril de 1971, que puede considerarse preludio de la posterior Circular de 1992. En este documento se afirma que “las obras de arte…se consideran patrimonio de toda la humanidad”y que “ha habido muchos que, olvidando las normas y disposiciones, emanadas de la Santa Sede, han tomado como pretexto la renovación litúrgica para verificar cambios absurdos en los lugares sagrados, arruinando y perdiendo obras de inestimable valor”.
Las normas conciliares y posconciliares sobre liturgia han sido interpretadas, no por éste o por aquel sino por los obispos de Roma, esto es, los Papas, de modo conservacionista, que algunos, aquí, la llaman, peyorativamente, historicista con significado de inmovilista. Así, puede verse en el interior de todas las iglesias históricas de Roma en las que no han quitado, cortado, desvirtuado, ni menos devastado, nada sino han añadido un discreto altar, ambón y sitial, solamente, y han igualado, a veces, el espacio del presbiterio con tarimas alfombradas reversibles para conservar todo el esplendor heredado de estos presbiterios. Tampoco la “Superintendencia” romana hubiera permitido otra actuación. Destacados eclesiásticos, que han estudiado o vivido en esta ciudad, me han corroborado lo visto y oído por mí.
Con lo dicho en los dos párrafos anteriores, no es entendible y causa perplejidad, aun sabiendo de la autonomía de cada diócesis, que se hayan intervenido, y se sigan interviniendo, los interiores de muchísimas ermitas e iglesias y algunas catedrales españolas, sin atender la grave preocupación y denuncia de la citada Circular de 1992 y la Carta circular de 1971 y sin acogerse a la interpretación conservacionista, dada por los obispos de Roma, los Papas. Al contrario, arguyendo motivos, aquí, de adaptación litúrgica, se ha reclamado y aplicado un criterio rigorista, igual para las iglesias nuevas que para las históricas, que lleva a “restauraciones devastadoras”. Sin embargo, no es estrictamente obligatorio para las iglesias históricas por lo observado en Roma y por lo oído a profesores de liturgia en universidades pontificias romanas y universidades prestigiosas españolas. Parece, más bien, que se ha desarrollado el gusto y la tendencia, muy generalizada entre eclesiásticos españoles, a modificar y simplificar, como sinónimo de modernizar, el interior de las iglesias. Esto acarrea la pérdida de la integridad de su patrimonio histórico artístico, su singularidad y es contrario a la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español, a las autonómicas y a sólidas razones histórico artísticas, expuestas por catedráticos y profesores de historia de arte y académicos de las Reales Academias de la Historia y de Bellas Artes. ¿Quién tendría su despacho oficial o el salón de su casa con muebles transformados o cortados, por no decir mutilados, aunque no fueran de mucho valor? ¿Por qué, en cambio, se admite que los interiores de las iglesias, y especialmente los presbiterios, sean desvirtuados y reinventados sin la calidad artística original, segados los altares, mutilados los retablos en su parte central mas artística y rica, eliminados los púlpitos, cambiadas las solemnes gradas por vulgares escalones, etc. con pérdida del esplendor y la armonía original. Aunque el daño artístico sea la eliminación de un elemento o, solamente, la supresión de adornos y molduras, repercute en la apreciación estética global. ¿Permitiría, sin protesta, el mundo musical que se cortaran o modificaran las partituras originales de cualquier archivo de obras de valor, aunque fuera particular? ¿Y el cabildo catedralicio que se hiciera lo mismo en sus archivos musicales?
En muchos pueblos hay un murmullo crítico, un rencor sordo, no culto pero intuitivo, por haber perdido sus ermitas y sus iglesias la riqueza y el sabor de sus interiores, unidos a sus recuerdos mas entrañables y lo único artístico de su pueblo. Hay un acerado juicio, incomprensiblemente mudo, salvo conocidas excepciones, entre catedráticos, profesores, académicos y amantes de la historia y el arte y entre algunos sacerdotes y religiosos, incluso con cargos en el patrimonio cultural diocesano o destacados en su conocimiento. Las denuncias por trato inadecuado al patrimonio cultural de la Iglesia es complicada y trabajosa por la autonomía de cada una de las sesenta y tantas diócesis. Sin embargo, las tendencias y criterios de actuación sobre este patrimonio se propagan sin fronteras diocesanas por las numerosas conversaciones, reuniones y jornadas de los responsables de los bienes culturales de la Iglesia, hasta alcanzar una apreciable homogeneidad.
La revista Patrimonio Cultural de la Comisión Episcopal para los Bienes Culturales de la Iglesia, elaborado por su Secretariado, ha publicado documentos que afectan a este patrimonio, entre ellos, la citada Circular de 1992, la Carta circular de 1971 y las intervenciones habidas en las jornadas anuales, organizadas por dicho Secretariado. Sin embargo, nunca aparecen revelados los daños históricos y artísticos producidos a este patrimonio, salvo en alguna leve insinuación. ¿Por no reconocer que son daños? ¿Por corrección institucional? El silencio prolongado favorece los daños producidos, los que se producen y los que se puedan producir en el interior de las iglesias que son casi siempre, por no decir siempre, irreversibles o de difícil y exigente solución en medios y especialización, sin los cuales se producen nuevos daños, como ya se ve.
Preguntado, hace unos meses en el centro histórico de Roma, un ilustrado obispo español, en sede arzobispal, la razón por la que no se había respetado toda la herencia histórica artística de los interiores de las iglesias españolas tal como se había respetado en la Ciudad Eterna, contestó, al igual que otros estudiosos eclesiásticos, que conocía esta realidad, pero añadió que era debido a la mayor cultura artística italiana. Aunque tarde, es la ocasión de superar este baldón.
Todo lo anterior no es óbice para reconocer que la Iglesia Católica ha sido la principal y mayor patrocinadora de patrimonio cultural durante muchos siglos y que ha conservado con sus propios medios, ahora con ayuda de las diversas administraciones públicas y alguna entidad privada, su inmenso patrimonio histórico artístico para el culto divino y sus obras asistenciales, puesto siempre al servicio de todos. Lo ocurrido y lo que sigue ocurriendo en los interiores de las iglesias antiguas, causa dolor histórico y artístico. La pérdida de patrimonio cultural por nuevas tendencias ideológicas es, a la postre, siempre lamentado y con especial desagrado en la actualidad por su desarrollada conciencia histórica y artística.
Francisco- Javier Lorente Páramo
Crítico de arte