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Visita a la Ermita de Las Vacas

(Amparo Méndez Encinar, 01-04-2004)


Atrás íbamos dejando las intrincadas callejuelas -reflejo del barrio de morería que otrora convivía junto a la comunidad cristiana- hasta llegar al espacio abierto de la empedrada plazuela en la que se erige el sencillo templo de la zona suroeste de Ávila.

Declarado en 1992 Monumento Nacional. Como no podía ser de otra manera, esta distinción no hace sino reconocer el valor histórico, cultural y artístico de una de las ermitas más simbólicas de nuestra ciudad: la ermita de la Santísima Trinidad y Nuestra Señora de las Vacas.

La grandeza monumental de la ciudad de Ávila ha sido, sin duda, una de las causas del olvido, inmerecido, en que se ha sumergido a esta ermita a lo largo de los años. Somos sabedores de las diferencias con otras grandes edificaciones, pero el alma de la historia abulense también se reconoce en los ecos singulares y profundos de sus templos menores en los que resuena la voz del pasado que se conmueve en sus piedras.

Allí, en medio de la plaza, con el sol de poniente iluminando su cara dorada y rojiza la vimos graciosa, humilde, pero atrevida en la sencillez de sus formas.

Aunque, sus orígenes son inciertos, los cronistas la mencionan como ya existente antes de la invasión árabe, siendo, pues, uno de los templos más antiguos de la ciudad que, aún en estado ruinoso, durante la Edad Media pervivía para el culto. De esta primitiva fábrica no se tienen datos que permitan establecer cómo era la estructura del edificio antiguo.

No obstante, situados, todavía, en el exterior del templo, las nubes del tiempo nos la desvelan con personalidad propia: dos momentos constructivos distintos en dos etapas cronológicas de actuación nos la dibujan mudéjar en el tratamiento de los muros del cuerpo de la nave, y escurialense en la edificación de la capilla mayor y la sacristía.

Nos miraba fijamente con su óculo central situado bajo la alta espadaña que corona su fachada principal, y nos invitó a pasar a su interior como obsequio generoso a conocer la tradición devota de los fieles a su Virgen y a descubrir con toda claridad la unión simbiótica de sus dos épocas – siglos XV ( reedificación por Juan Núñez Dávila) y XVI (configuración actual del clérigo Alonso Díaz)- y sus dos estilos –mudéjar y herreriano-.

Una vez dentro, la voz amable y el corazón hecho palabra de Vicente Martín, presidente de la asociación de vecinos del barrio de las Vacas, nos descubre la riqueza interior de la ermita en desgranados sentimientos de afecto: el retablo policromado de la capilla mayor – realizado por dos discípulos de Vasco de la Zarza, Lucas Giraldo y Juan Rodríguez, autores a su vez, del trascoro de la Catedral-, la armadura de madera de su única nave, la bóveda de la capilla mayor, las capillas laterales o el púlpito de piedra churrigueresco...

Habían pasado casi dos horas y salimos del templo situándonos bajo cobijo del amplio pórtico de cuatro columnas berroqueñas, que protege la portada de arco de medio punto. Todavía nos resistíamos a marchar, pues el encuentro con la ermita nos había abierto el camino a una panorámica de nuevas cuestiones históricas y artísticas: las interesantes polémicas entre los testamentarios del fundador de la obra pía, Alonso Díaz, y los cofrades de la ermita; la eliminación de los soportales que rodeaban el templo; o la búsqueda, tras la desproporción creada con la incorporación de la capilla mayor, de una nueva estética para el conjunto monumental... Pero hacía frío.

De nuevo por las intrincadas callejuelas...

Así la vivimos y así os contamos la visita que LA ASOCIACIÓN DE CIUDADANOS POR EL PATRIMONIO realizó el día 27 de marzo a la ermita de Nuestra Señora de las Vacas.
Gracias a todos los que seguís disfrutando con estas joyas abulenses y no olvidéis que las fiesta de la Patrona de las Vacas es el segundo domingo de mayo.

Ciudadanos por el Patrimonio de Ávila